Suelen creer que su fe les basta. La brusquedad en el terreno de la política los coloca en posiciones antagonistas y querellantes. Actúan sin temor y con crudeza. Rechazan las actitudes componedoras. Integran las coaliciones y frentes, no de buena gana. Poco “arregladores”, adscriben a las acciones rotundas. Bajo ciertas circunstancias los catalogaran de sádicos. En este mundo no se entiende la franqueza. Luchan por lo que creen; lo defienden con todo los argumentos posibles. Sus lemas: orden y disciplina. Inmediatez. Transcurre su vida apostada en un ring en demostración de poder. Les desagradan las poses demagógicas. Estos púgiles de la vida sienten que viven cuando pueden ejercer libremente su autodeterminación. Necesitan gestar, iniciar, definir, afirmar, les cuesta reflexionar, consentir, ceder y postergar.
Las experiencias frustrantes, los actos fallidos pueden ayudarlos a no reincidir en antiguos yerros pero su innata fogosidad los obligara a traspasar los límites con impredecibles consecuencias. A veces, irracionales pero no malévolos, se resisten a aplicar el clásico “ajuste de cuentas” a quien le infiere un agravio. La rudeza que los enmascara es solo el mecanismo defensivo de un amor propio debilitado. En algo desmedidos por muy temerarios, calcular riesgos no es lo propio; se arrojan sobre el cuadrilátero en una acción pura. Viscerales, como buenos ejecutores, los motoriza una dura impaciencia. Están un paso adelante. Dominados por las sensaciones. La compulsión que los articula no es reluctancia.
Prefieren ser irracionales que melancólicos. La melancolía es el tiempo de la linfa que no quiere transitar.
