Con pasta de caudillos, creen que la política es un ejercicio de las relaciones humanas que se debe practicar con seriedad. Demasiado expuestos a padecer crisis de personalismo e intolerancia, en las que, en pos de su reivindicación se enzarzan en inflamadas polémicas, llevados por su instinto épico de celebración de la vida. Pero la parte mas vitalista del signo atenúa esos “impromptus” y da acabadas pruebas de su servicialidad.
Proceden con cierta infalibilidad. Se autoerigen porque de igual manera exigen al entorno. Son dignificadotes de la condición humana tal vez porque se sienten “tocados por una varita mágica” en su rol de hacedores de grandes destinos. Son un símbolo de acción. Su condición sobresaliente radica en la fuerza impulsora contenida en la voluntad puesta al servicio de las causas nobles. Ponderables en su arrojo y firmeza (no se dejan intimidar por la fuerza física), pero pueden sucumbir ante sutiles halagos y finos escarceos de la diplomacia. En esta etapa de la humanidad se los percibe en una instancia superadora de los atisbos de fanfarronería que antaño los convirtiera en os clásicos megalómanos. Las actuaciones grandilocuentes no han logrado restar brillo a las actividades públicas y a su desenfado.
En esta época solo los hechos cuentan y puede que estos legitimen el estilo arrogante y alborozado que es de otro nivel distinto a la autojactancia. Su autoconformismo les hace rechazar la replica. Egocéntricos. Resienten que se dude de su capacidad y honor. En la forma de administrar el poder exhiben cierta pomposidad mayestática. Cuando actúan en campaña, están en pantalla. Porque si no lograran despertar admiración, se sentirán humillados.
